EL DIVINO CORAZÓN DE JESÚS: 

HOGUERA DE AMOR A NOSOTROS EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

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Con razón San Bernardo llama al divino Sacramento de la Sagrada Eucaristía “el Amor de los amores” (Amor amorum). Porque si abrimos los ojos de la fe para contemplar los prodigiosos efectos de la bondad inefable de nuestro Salvador para con nosotros en este adorable misterio, veremos ocho llamas de amor que de continuo salen de este admirable horno.

La primera llama consiste en que el amor inconcebible del divino Corazón de Jesús, que le llevó a encerrarse en este Sacramento, le obliga a morar en él continuamente, día y noche, sin salir jamás de él, para estar siempre con nosotros, a fin de realizar la promesa que nos hizo por estas palabras : “He aquí que estoy todos los días con ustedes hasta la consumación de los siglos”. Es el buen pastor que quiere estar siempre con sus ovejas. Es el médico divino que quiere estar siempre a la cabecera de sus enfermos. Es el padre lleno de ternura que jamás abandona a sus hijos. Es el amigo fidelísimo y afectuosísimo que cifra sus delicias en estar con sus amigos (Prov 7, 31).

La segunda llama de este ardiente horno es el amor del Corazón adorable de Nuestro Salvador que en este sacramento le pone en muy grandes e importantes ocupaciones por nosotros. Porque aquí está adorando, alabando y glorificando incesantemente a su Padre por nosotros, es decir, para dar cumplimiento a las infinitas obligaciones que nosotros tenemos de adorarle, alabarle y glorificarle. Y está ahí dando gracias continuas a su Padre, por todos los bienes corporales y espirituales, naturales y sobrenaturales temporales y eternos que nos ha hecho, a cada momento nos hace, y seguirá haciéndonos, si nosotros no se lo estorbamos. Está ahí amando por nosotros a su Padre, es decir, cumpliendo nuestros deberes por las infinitas obligaciones que tenemos de amarle. Está ahí ofreciendo sus méritos a la justicia de su Padre, para pagarle por nosotros lo que nosotros le debemos por nuestros pecados. Está ahí rogando continuamente a su Padre por nosotros, y por todas nuestras necesidades.

La tercera llama de nuestro horno, es el amor infinito de nuestro amable Redentor que impulsa a su omnipotencia a hacer por nosotros muchos prodigios en este adorable Sacramento, convirtiendo el Pan en su Cuerpo y el Vino en su Sangre, y obrando muchos otros milagros que sobrepasan incomparablemente a todos los que hicieron Moisés, los Profetas, los Apóstoles y hasta nuestro Salvador mientras estaba en la tierra. Porque todos estos milagros se hicieron únicamente en Judea y éstos se realizan en todo el universo. Aquéllos fueron pasajeros y de poca duración; y éstos son continuos y durarán hasta el fin del mundo. Aquellos se hicieron en cuerpos separados de sus almas, que resucitaron, en enfermos que fueron curados, y en otras criaturas parecidas; pero éstos se obran en el cuerpo adorable de un Dios, en su preciosa sangre y hasta en la gloria y grandezas de su divinidad, que está en este Sacramento como aniquilada, sin que por ningún lado aparezca, como si en realidad no existiese.

La cuarta llama está señalada en estas divinas palabras del Príncipe de los Apóstoles, o mejor del Espíritu Santo que habla por su boca: “Dios envió a su Hijo para bendecirlos” (Hch 3, 26); y vino este Hijo adorable todo lleno de amor a nosotros, y con un deseo ardentísimo de derramar incesantemente sus santas bendiciones sobre los que le honran y le aman como a Padre suyo. Principalmente por este divino Sacramento colma de bendiciones a los que no se lo estorban.

La quinta llama es su amor inmenso a nosotros, que le obliga a tener con él todos los tesoros de gracia y de santidad que adquirió en la tierra para dárnoslos. Y, en efecto, en la santa Eucaristía nos da bienes inmensos e infinitos, y gracias abundantísimas y muy particulares, si aportamos las disposiciones requeridas para recibirlas.

La sexta llama es el amor ardentísimo que le pone todos los días en disposición, no sólo de enriquecernos con los dones y gracias que con su sangre nos adquirió, sino también de dársenos a sí mismo enteramente por la santa comunión; es decir, de darnos su divinidad, su humanidad, su persona divina, su cuerpo adorable, su sangre preciosa, su santa alma, en una palabra todo lo que tiene y es, en cuanto Dios y en cuanto hombre; y consiguientemente de darnos su eterno Padre y su Santo Espíritu, que son inseparables de Él; como también de inspirarnos la devoción a su santísima Madre, que sigue por doquier a su divino Cordero, mucho más que las santas Vírgenes, de las que se ha dicho: Quiero seguir al Cordero por donde quiera que vaya.

La séptima llama, es el amor increíble que lleva a este buenísimo Salvador a sacrificarse aquí continuamente por nosotros; amor que en cierta manera supera al amor con que se inmoló en el altar de la cruz. Porque allá se inmoló sólo en el Calvario, y aquí se sacrifica en todos los lugares en que está presente por la santa Eucaristía. Allá se inmoló sólo una vez; aquí se sacrifica miles de veces todos los días. Es cierto que el sacrificio de la cruz se realizó en un mar de dolores, y que aquí se hace en un océano de gozo y de felicidad; pero estando el Corazón de nuestro Salvador tan abrasado en amor a nosotros ahora como entonces, si fuera posible y necesario para nuestra salvación, estaría dispuesto a sufrir los mismos dolores que soportó al inmolarse en el Calvario, tantas veces como a diario se sacrifica en todos los altares del mundo; y ello por el amor infinito e inmenso que nos tiene.

La octava llama de nuestro amable horno consiste en el amor que nuestro benignísimo Redentor nos demuestra cuando da a los hombres todos estos testimonios de su bondad, en un tiempo en que no recibe de parte de ellos sino demostraciones del más furioso odio que pueda imaginarse. ¿En qué tiempo nos hace patente tanto amor? El último de sus días y la víspera de su muerte, es cuando instituye este divino Sacramento, cuando los hombres despliegan contra Él más rabia y furor que los mismos demonios, según éstas sus palabras: Esta es su hora, la hora del poder de las tinieblas.

¡Salvador mío, no tienes sino pensamientos de paz, de caridad y de bondad para con los Hombres! Y ellos no tienen sino pensamientos de malicia y de crueldad contra Ti. Tú no piensas sino en encontrar medios de salvarlos; y ellos no piensan sino en encontrar medios de perderte. Todo tu Corazón y todo tu Espíritu se dedican a romper las cadenas que les tienen cautivos y esclavos de los demonios; y ellos te venden, te traicionan y te entregan en manos de tus crueles enemigos. Tú te ocupas en instituir un Sacramento admirable, para estar siempre con ellos; pero ellos no quieren nada de Ti, se esfuerzan por arrojarte del mundo, en desterrarte dela tierra, y, si pudieran, hasta en aniquilarte. Tú les prepararías una infinidad de gracias, de dones y de favores para la tierra, y tronos magníficos y coronas gloriosas para el cielo, si no quieren hacerse indignos de ellas; y ellos te preparan cordeles, azotes, espinas, clavos, lanzas, cruces, salivazos, oprobios, blasfemias, y toda suerte de ignominias, de ultrajes y de crueldades. Tú les haces un festín deliciosísimo con tu propia carne y tu propia sangre; y ellos te abrevan con hiel y vinagre. Tú les das tu Cuerpo santísimo, inocentísimo e inmaculado; y ellos lo magullan a golpes, le desgarran a fuerza de azotes, le traspasan con clavos y con espinas, le cubren las llagas desde los pies hasta la cabeza, le descoyuntan en la cruz, y le hacen sufrir los más atroces suplicios.

En fin, Señor mío, Tú los amas más que a tu sangre y tu vida, puesto que por ellos los sacrificaste, y ellos te arrancan el alma del cuerpo a fuerza de tormentos.

¡Qué bondad! ¡Qué caridad! ¡Qué amor el de tu Corazón adorable! ¡Salvador mío! ¡Qué ingratitud, qué impiedad, qué crueldad la del corazón humano para contigo!

Lo que entonces pasó, pasa también ahora. Porque tu amabilísimo Corazón, Jesús mío, está en este Sacramento del todo abrasado en amor a nosotros; y está obrando para nuestro bien mil y mil efectos de tu bondad. Pero ¿qué es lo que te devolvemos, Señor mío? Ingratitudes y ofensas de mil modos y maneras, de pensamiento, palabra y obra, pisoteando tus divinos mandamientos y los de tu Iglesia. ¡Qué ingratos somos! Nuestro benignísimo Salvador nos ha amado tanto que hubiera muerto de amor a nosotros mil veces mientras estuvo en la tierra, si no hubiera conservado Él mismo su vida milagrosamente, y a ser posible, y si necesario fuera para nuestra salvación, estaría aún dispuesto a morir mil veces por nosotros. Muramos de dolor a vista de nuestros pecados; muramos de vergüenza, al ver que tan poco amor le tenemos; muramos con mil muertes antes que ofenderle en lo venidero.

¡Salvador mío, concédenos esta gracia! ¡Madre de Jesús, obtennos de tu amado Hijo este favor!

(San Juan Eudes, O.C. VIII, 252-258)

 

 

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